Crónica del museo barroco

20.10.2025

Por: Edgar Yair Isidro Cruz, Diego Uriel Nigenda Mora

El sol de Puebla cae de lado sobre las paredes blancas del Museo Internacional del Barroco. Desde lejos, el edificio parece una escultura gigante: líneas curvas, muros que se cruzan y una sensación de movimiento constante. Al acercarme, el reflejo del agua en el espejo del estanque me da la bienvenida. Entro por la puerta principal y un aire fresco me envuelve. El silencio del vestíbulo contrasta con el bullicio de la ciudad. A un lado, un guardia me saluda con amabilidad. Me cuenta que lleva varios años aquí y que nunca se cansa de ver las reacciones de la gente al descubrir las salas Camino entre las galerías. Las luces suaves resaltan los detalles de los cuadros, los altares y los objetos barrocos que, aunque antiguos, parecen nuevos bajo el brillo de la tecnología. En una sala, los sonidos de música sacra llenan el espacio; en otra, pantallas interactivas explican cómo el arte barroco viajó desde Europa hasta América Latina. Observo a una familia detenerse frente a una pintura; los niños hacen preguntas curiosas y la madre intenta responder con paciencia. Más adelante, una pareja toma fotos sin flash, fascinada por la arquitectura. El museo no solo expone arte, sino que provoca emociones, despierta curiosidad y respeto. Al salir, el sol se esconde detrás de las nubes y el museo brilla aún más. Pienso que este edificio no solo guarda historia: la está creando. Cada visitante que cruza sus puertas se convierte, de alguna manera, en parte de ese nuevo barroco que sigue vivo en Puebla

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