Columna del museo barroco

20.10.2025

Por: Edgar Yair Isidro Cruz, Diego Uriel Nigenda Mora

Puebla tiene la fortuna de albergar uno de los espacios culturales más fascinantes del país: el Museo Internacional del Barroco. Más que un edificio moderno lleno de curvas y luces, este lugar representa un diálogo entre el pasado y el presente, entre la historia del arte y la arquitectura contemporánea. Diseñado por el arquitecto japonés Toyoo Itō, el museo es una obra en sí misma. Su estructura blanca y ondulante parece moverse, como si respirara el espíritu del barroco. Pero lo más interesante es cómo logra redefinir lo que entendemos por “barroco”. No se limita al arte religioso o a los cuadros dorados de los siglos pasados; aquí el barroco se interpreta como una forma de vida, una manera de sentir y de ver el mundo. Visitarlo no es solo recorrer salas con pinturas y esculturas, sino entender la riqueza cultural de una época que sigue influyendo en nuestra identidad mexicana. Sus exposiciones invitan a reflexionar sobre el exceso, la emoción y la belleza que caracterizan este estilo, pero también sobre cómo esos rasgos aún se reflejan en nuestra música, nuestras fiestas y nuestras costumbres. Sin embargo, el museo enfrenta el reto de atraer más público local. Muchos poblanos aún lo ven como un espacio “para turistas” o demasiado formal. Y no debería ser así. El Museo Internacional del Barroco es un espacio vivo, que pertenece a todos. Entrar ahí no solo es una lección de arte, sino también de orgullo y pertenencia. 


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